¿Qué nos define mejor? ¿Lo que pensamos, lo que hacemos o lo que usamos? Cuando se acabó la Segunda Guerra Mundial, la clase media emergió gracias al empleo que generaban las cadenas de montaje. Por primera vez, consumir no solo consistía en comprar cosas para resolver una necesidad. Iba de quiénes somos y quién queremos ser.

Hay tres tipos de producto. Los que te generan un significado funcional, los que traspasan esa barrera para llegar a lo afectivo y los que se convierten en símbolos colectivos. ¿Qué soluciones encajan en esas tres categorías? ¿Cuáles destacarías en lo digital? Una interfaz puede usarse, pero no tocarse. Es efímera por obligación. Por eso priorizo ayudar a hacer empresas que importen como artefacto, y no el producto encajonado en un mundo en el que la tecnología es cada vez más una commodity.

Toda persona, e incluso civilización, puede intuirse a través de lo que usa y decide conservar. Desde un vaso de Duralex que sobrevivió a los descuidos de tres generaciones hasta un cáliz de madera.

El verdadero lujo no consiste en poseer, sino en rodearse de compañías que, con el paso del tiempo, acaben siendo nuestra propia historia.

¿Qué conservas? ¿Qué valoras?